AQUEL RITMILLO





















A pesar de ser algo muy de Calahorra y ya que este panfletillo lo leéis cuatro amiguetes de casa, la mayoría con cierta edad cumplida, confío en que lo recordéis:

Ayer pasé por donde cruzamos todos al menos una vez al día, por el paso de cebra del semáforo del Mercadal. Veréis que el local de Halcón Viajes ha quedado vacío, por traslado a otra ubicación. Y claro, uno tiene ya casi más recuerdos que futuro y se me precipitó la imagen de lo que hubo allí en mi más tierna pubertad: la Academia de Guitarra de Manolo Ortiz.

Con todo el sacrificio económico de mis padres, después de la consabida tabarra con la que conseguimos los caprichos de la vida, acabé inscrito en la academia de Ortiz. Allí me presenté, agarrado a una brillante guitarra bicolor y embutido en mi chupa negra de plexiglás con relleno de espumilla. Pongamos que yo tenía unos doce o trece años. Allí estaba Manolo, sentado de frente a la puerta por donde irrumpíamos una chavalería gritona e hiperactiva. Nos recibía rodeado por una niebla de humo de Ducados, los cuales empalmaba a una velocidad frenética, sin dejar un sólo momento de rasgar las cuerdas. Tenía unos dedazos enormes y un pulgar con una uña tan impresionante como la bondad que destilaba en cada palabra y en cada gesto. Al fondo, en una mesa camilla con brasero, nos contemplaba su madre, que acababa siendo la de todos los que nos refugiábamos en ese local de humo, música y cariño. Un ambiente muy agradable, aunque hoy no hubiera pasado ninguna prueba de prevención tóxica.

No veía la hora de que acabara el colegio (las "permanencias") y poder entrar allí. Pero no todo era maravilloso: tras las primeras lecciones y una vez que comprobaba que ya teníamos los dedos lo suficientemente duros como para partir un lápiz con las yemas, nos introducía en aquel repertorio del cual ya nunca más íbamos a salir: "Islas Canarias" "Perfidia" "Ojos negros" o "Ansiedad". De los Rolling Stones o Led Zeppelin, ni una. Es más, Ortiz establecía una frontera: si aguantabas un par de meses con el ritmo del 33, podías cruzar el umbral de los arcanos de la guitarra. Si no, a tu casita, que ya habría otro esperando a entrar en la Academia del Humo.

"Treintaytrés, treintaytrés, treintaytrés" ... aquel ritmillo servía para el vals, la polka, la jota aragonesa y cómo no, para las canciones de la tuna. Yo le tenía mucho cariño a Ortiz y a su madre, pero , obviamente, me dominaba el hormigueo hormonal y el rock duro de aquellas cintas de cassete conseguidas apretujando el grabador contra la radio de mi hermana. Pasé la prueba del "treintaytrés", pero poco más. Puse la cejilla y conseguí que me sonara el acorde de Fa Mayor y el de Si m. Y ya está. Con ese bagaje, abandoné y comencé otra afición que compartía con mis amigos: perseguir chicas con uniforme de cuadritos y chaqueta marrón.

Muchos años después he descubierto qué me faltó para haberme enganchado definitivamente a la guitarra: una motivación completamente opuesta a la imagen de esa docena de oscuros grajos con leotardos cantando "Clavelitos"(con uno de nuestros lectores a la pandereta, que todos tenmos un pasado). Manolo se equivocaba insistiéndonos con Antonio Machín y Los Panchos. Ahora, en 2009, el añorado Manolo Ortiz nos habría sintonizado nuestro ya imprescindible Youtube y nos presentaría a Anni B Sweet. Y a todos aquellos sacos de testosterona que asistíamos a ese local al otro lado del semáforo, nos hubiera propuesto soñar con acompañarla a la guitarra.

Y jamás habría abandonado esa bendita afición para acabar abrazando farolas el resto de nuestra adolescencia.


___________________________________________________________________________________

5 comentarios:

María Pilar dijo...

Me has hecho retroceder en el tiempo unos cuantos años, ya casi ni me acordaba del Manolo Ortiz y su madre.

Chisco dijo...

Yo si que no me acuerdo... pero si que me acuerdo de unas clases de guitarra en el Club Urbano, y de aquel profesor que me enseño a tocar la chica de ayer... que habra sido de aquel viejo profesor??? ;-)

victoria dijo...

Pués va a ser que amí también me ha hecho regresar por un instante al pasado, pero mi imagen es un poco patética "esperando con los leotardos marrones y la chaquetilla a los chiquillos" y lo más ha sido recordar el dedo estrujado de tanto grabar y grabar en el cassete. Mil besos amigo

Charlyté dijo...

Es curioso.No fue hasta ayer cuando ví vacío el local, que me llegaron estos recuerdos. Mira que paso por ahí veces cada día.

La memoria es selectiva y caprichosa... y puñetera

Un abrazo.

Chisco, tuviste un profe manazas pero voluntarioso. Seguro que, al menos, te enseñó lo que NO tenías que hacer :)

Anónimo dijo...

He leido el comentario y he regresado decenas de años atras, he sentido ganas de mirarme en el espejo y me visto el pelo cano. Cuando paseo por mi pueblo me siento un extraterrestre , casi nada se parece a lo que conseva mi memoria..
Saludos...

Publicar un comentario